Campos del Sur
Publicado: 19 may 2012 | Autor: Jesu | Archivado en: Fotografía y fotoperiodismo | Tags: Almensilla, campo, lluvia, nubes, Sevilla, sol, trigo | Deja un comentario »Aprovechando que ha vuelto a llover, cuelgo un par de fotos de los campos del Sur en este tormentoso mes de mayo.


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Rainy days
Publicado: 05 may 2012 | Autor: Jesu | Archivado en: Fotografía y fotoperiodismo | Deja un comentario »
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1 de Mayo (algunas fotos)
Publicado: 03 may 2012 | Autor: Jesu | Archivado en: Fotografía y fotoperiodismo, Política, Sevilla, Social | Tags: 1 de Mayo, CCOO, fotografías, manifestación, reforma laboral, Sevilla, sindicatos., UGT | Deja un comentario »Algunas de las fotos que hice en la manifestación del 1 de Mayo en Sevilla para sevilla report. Tenéis la crónica aquí, y más fotos y el vídeo de la protesta en este otro aquí.




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Algunas fotos nuevas
Publicado: 29 abr 2012 | Autor: Jesu | Archivado en: Fotografía y fotoperiodismo, Sevilla | Tags: Expo 92, fotos, Plaza de España, Sevilla | Deja un comentario »Hace tiempo que no subo fotos a mi Flickr (exactamente, desde agosto del año pasado, hace más de ocho meses), más que nada porque, desde que empecé a especializarme en el vídeo, hace ya casi dos años, casi no he cogido la cámara de fotos, y ya por último ni siquiera para las manifestaciones, apenas para algún reportaje esporádico.
No obstante, aún tengo un montón de fotos de hace tiempo -o no tanto- que ni siquiera he revisado y entre las que sé que hay algunas que merece la pena retocar. Y, además, para paliar esta “tiranía” del vídeo, me he propuesto adquirir el hábito de sacar capturas de los mejores planos y retocarlos como si fueran fotos.
La verdad es que una captura de un vídeo deja bastante que desear frente a una foto hecha con la réflex, tanto en colores como en calidad de imagen general, pero menos da una piedra. Espero que me perdonéis por ello.
Aquí os dejo unas cuantas fotos (algunas ya las habréis visto aquí o en mi Pinterest) sacadas de vídeos que he realizado desde principios de este año. Pronto, más y mejor (espero). Ah, y con estas fotos vuelvo a postear en Retablos, que es un proyecto muy bonito como para dejarlo morir.






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La voz del viento
Publicado: 19 ago 2011 | Autor: Jesu | Archivado en: España, Fotografía y fotoperiodismo, Sevilla, Social | Tags: Aznalcázar, Marismas, milanos, pinares, pinos | Deja un comentario »Quinta y última entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.
- Capítulo 1: Marismas del Guadalquivir
- Capítulo 2: Entre el monte y el arrozal
- Capítulo 3: El mundo sobre el agua
- Capítulo 4: La senda del colono
***

Más allá de los campos cenicientos, las garzas, las aguas y las vacas que pastan entre hinojo en los cercados, crece el alma milenaria de los pinos enhiestos, alzados sobre el tiempo, centinelas del campo y de la historia. Los pinares de Aznalcázar, a las espaldas de la Dehesa de Abajo, como un paraíso a la vista, pero oculto ante el trasiego que no permite torcer la vista y visitar lugares que abandonen la senda.
Este monumental bosque de coníferas de edad inmemorial se extiende desde el término de La Puebla del Río, lindando con el humedal de la marisma, hasta las estribaciones del norte del Aljarafe, a lo largo y ancho de más de 2.300 hectáreas de espacio natural protegido que no sólo incluye pinos piñoneros, sino encinas, alcornoques, pinsapos y diversas especies de matorral. Entre la fauna existente, además de la típica -mirlos, ardillas, jilgueros, abejarucos- se encuentra una importante colonia de milanos.
Es un rincón poco conocido por la gente de los municipios cercanos, a pesar de estar a poca distancia de la capital y de contar con abundantes y bien acondicionados espacios para acampar y hacer barbacoas. Esta ausencia de gente es lo que da atractivo a este lugar, aunque ello no quiere decir que esté mal comunicado o aislado.
A los pinares se accede de forma cómoda, tomando el camino de la Dehesa de Abajo desde la Venta El Cruce, y luego la bifurcación antes de entrar en la Dehesa. A través de una carretera no muy ancha pero bien asfaltada, el viajero pronto se encuentra rodeado de pinos altos y robustos como torres, ya en una penumbra infranqueable, ya en un claro abierto junto al que pastan y retozan venados bravos y sobre el que vuelan cigüeñas y milanos.

El camino pedregoso continúa adelante, sobre puentes que sortean arroyuelos, con grietas profundas de siglos, ascendiendo hacia lo más alto del cerro, sobre un mar de pinos que lo cubre todo como olas verdes y oscuras que se pierden más allá de donde alcanza la vista. Uno puede aparcar el coche en el mismo camino -un cortafuegos- y descender por cualquiera de los senderos que crearon el tiempo u otros pasos ya extraviados, o bien inventar uno nuevo a través del cual llegar al final de una de las muchas gargantas rodeadas de colinas que suben y bajan sin fin.
Ascender al cerro es subir a los cielos y divisar desde arriba aquello que es veinte veces mayor que el hombre. Bajar a las gargantas, al pie de los pinos, es conocer la verdad del mundo en sus raíces, que desde allí se yergue sobre el tiempo y sobre el ruido, sobre la mano humana que reniega de ella y le da la espalda y no regresa. Y volver a esa garganta que es la cuna del ser, a esas charcas donde la vida salta encarnada en renacuajos, es entender que el omega está en la cima de un cerro sobre el que vuelan las nubes, y que el alfa está en las raíces de un pino, al pie de un matorral, por donde discurre un arroyuelo tímido, de agua que brilla con colores, iluminada y teñida por la savia de los árboles que encierran el misterio que es la vida.
Allí se encuentra el devenir del tiempo. Allí se entiende lo poco que es un hombre y qué oculto y cercano queda todo, tan sólo algunos pasos por delante, detrás de un matorral que nos parece tupido, infranqueable, y sin embargo se aparta si avanzamos hacia él.
Allí concibe uno ese misterio que es el de comprender que el mundo entero es uno y que nosotros somos parte de esta fiesta que Dios ha preparado. Concibe uno el canto de los pájaros y la corteza dura de los pinos como algo que está aquí, como nosotros, como algo que hay que amar como lo vemos. Y no lo digo yo. Lo dice el viento, que habla con la voz suave y lenta que traducen las ramas de los pinos, centinelas del tiempo y de la historia.

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La senda del colono
Publicado: 12 ago 2011 | Autor: Jesu | Archivado en: España, Fotografía y fotoperiodismo, Sevilla, Social | Tags: Alfonso XII, arroz, arrozal, Guadalquivir, Isla Mayor, Marismas, poblados | Deja un comentario »Cuarta entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.
- Capítulo 1: Marismas del Guadalquivir
- Capítulo 2: Entre el monte y el arrozal
- Capítulo 3: El mundo sobre el agua
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En el mismo límite del Parque Nacional, y con el camino hacia el norte -el que lleva a Villamanrique de la Condesa- bloqueado por las aguas, no hay otra alternativa que dirigirse hacia el sur, rumbo hacia los poblados de colonos de las Islas. El más cercano, y también el más importante, es el de Isla Mayor, la antigua Villafranco del Guadalquivir, a unos 12 kilómetros del Centro José Antonio Valverde.
Como un sueño que se desvanece, el mundo sobre el agua va quedando a la espalda mientras el sol alcanza su cénit y parece que el campo se seca y se cuartea, se torna ceniciento y amarillo bajo la luz del mediodía. Todavía se ven bandadas de garzas blancas y negras, pero cada vez son menos, y casi se diría que la tierra árida y agreste expulsa la vida de sus dominios. Cuanto más se acerca a los poblados más va notando uno la mano implícita del hombre en todo cuanto ve, en esa ausencia de vida que vuelve, como un espejismo, encarnada en el verde del arroz en el verano, por la magia del bombeo del agua en los canales y de las semillas rociadas desde los aviones.
Éstos son los caminos por los que transitan los colonos desde hace un siglo, cuando vinieron desde las albuferas del Levante a poblar una tierra inhóspita e insalubre, salvaje, indómita ante las manos rudas, hábiles, curtidas de los hombres. Aquí, en medio de esta nada, habrá dentro de unos meses un ruido incesante de motores, de aviones y tractores, de máquinas diabólicas que claman al cielo buscando el fruto de la tierra. Los colonos buscarán el premio de su esfuerzo y marcharán a casa, y el campo quedará desierto, seco y cuarteado, un año más. Y volverán las garzas, y habrá nada.

La marisma tiene magia que hace que el páramo más seco preceda a un puente sobre el río de Casarreales, que casi anega su superficie, pero la deja al descubierto. De pronto, y de nuevo, el mundo sobre el agua. Es la antesala de Isla Mayor, el mayor de los poblados de colonos que se fundaron en la zona tras la desecación durante la dictadura de Franco, quien le otorgó su nombre original, Villafranco del Guadalquivir, abolido en 2000.
Isla Mayor, como el resto de aldeas de la zona, vive casi exclusivamente de la siembra de arroz en los meses de verano y de su comercialización durante el resto del año. En esta época, cuando aún faltan un par de meses para que el campo se prepare para la inundación y la siembra, los almacenes aún bullen de actividad y conservan numerosas y enormes sacas repletas de grano. También hay otra industria, la del cangrejo, íntimamente ligada a la del arroz, pues la supervivencia de esta especie depende de los cultivos y de las buenas cosechas. La especie de cangrejo presente en las marismas no es la propia del país, sino que es la variedad americana de cangrejo rojo de río (procamburus clarkii), con forma de cigala pequeña. a mediados de la década de los 70, unos 100 kilos de esta especie fueron introducidos en un vivero de anguilas de la marisma, de donde muchos ejemplares escaparon, invadieron los canales, se reprodujeron rápidamente y acabaron devorando a la variedad autóctona, hoy inexistente en esta zona.
La gastronomía local, famosa en toda la provincia, se basa en platos que tienen como ingrediente principal el arroz, como es lógico, aunque la especialidad radica en las diferentes recetas para prepararlo. La combinación clásica es la de arroz con cangrejo, que se come durante la Fiesta del Arroz, celebrada a la par que la feria, en el mes de junio. No obstante, también es un plato habitual el arroz con pato o preparado en paella, un vestigio del origen valenciano de algunos colonos.

El cangrejo también da juego, ya que normalmente, además de con arroz, se prepara con un refrito de tomates, aunque también al ajillo o en salsa. De igual importancia son las recetas de pescado y marisco, como los albures, los boquerones, las anguilas o los camarones, cocinados en tortilla o con pimientos y cebolla. El lugar idóneo para degustar todo esto es el Restaurante El Estero (Av. Rafael Beca 6-11, Isla Mayor), uno de los más afamados de la provincia gracias a su especialidad en gastronomía local -que ya por sí tiene buena fama- pero también a la calidad del servicio y de la preparación de los platos.
Los poblados no son sólo un sitio para comer o estar de paso. Aunque no gozan del atractivo de un gran emplazamiento histórico o monumental, sí que tienen en su favor no sólo el entorno paisajístico, sino el encanto de los antiguos pueblos que algunas localidades del interior del Aljarafe aún conservan. Si bien en Isla Mayor, más acosada por la industria y las naves, no se da tanto esta condición, en el vecino poblado de Alfonso XIII, a cuatro kilómetros en dirección hacia Sevilla, se encuentra ese encanto de pequeña aldea, de casas encaladas con geranios en las ventanas con rejas. De aldeanos sentados en las puertas de las casas, conversando en mecedoras y fumando algún cigarro con el tiempo atesorado en la mirada y en los surcos de la frente.
Hay rincones, plazas y paredes que cuentan historias del Sur, del campo ceniciento, de las mañanas brumosas de febrero, de las garzas y las cigüeñas. Y también de los hombres, de pescadores, de los marinos que venían desde río abajo, de campesinos valencianos que aún conservan su acento y sus costumbres. Hay vida y cal y luz en los poblados.

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El mundo sobre el agua
Publicado: 07 ago 2011 | Autor: Jesu | Archivado en: España, Fotografía y fotoperiodismo, Sevilla, Social | Tags: aves, doñana, Guadalquivir, Isla Mayor, Lucio de las Gangas, Marismas | Deja un comentario »Tercera entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.
- Capítulo 1: Marismas del Guadalquivir
- Capítulo 2: Entre el monte y el arrozal
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El camino prosigue desde los pagos de Peroles, poco antes de llegar a la casa de bombas, a unos 10 kilómetros de la Venta del Cruce y a unos 4,5 del poblado de Isla Mayor, según indica un cartel junto a una bifurcación del sendero.
Tomamos rumbo hacia el oeste, nos adentramos más y más en la zona de humedales y dejamos atrás la mayoría de los cercados de reses bravas, aunque se pueden encontrar casi por todo el territorio de la marisma. A partir de aquí, la vegetación se va haciendo más tupida y las zonas encharcadas más abundantes, aunque persisten las parcelas de regadío y las que no cuentan con tanta flora. En las vetas pueden verse algunos rebaños de ovejas. Llevan lazos rojos en el cuello para protegerse de los zorros, que abundan por esos pagos. Las borregas invaden el camino. Se ve que están acostumbradas a ello y que no les importa demasiado la presencia de los viajeros.
El agua gana terreno a cada paso que avanzamos. Pronto llegamos a un puente que cruza sobre un arroyo. Al otro lado, el riachuelo desemboca en una gran laguna, bastante más pequeña que la que hay 500 metros más adelante. Aunque todavía surge vegetación de entre las aguas y se ven espacios dedicados a la siembra del arroz -por tanto, secos-, una parte importante de la gran cuadrícula que conforman los pagos y los caminos en la marisma se encuentra anegada como resultado de las fuertes lluvias del invierno. Las inmensas lagunas y los arroyos que se ensanchan, se bifurcan y abarcan y rodean los arrozales secos vuelven más intenso el contraste entre el agua y la tierra cenicienta.

La vegetación que desaparece deja paso a una fauna más numerosa. No sólo hay garzas, sino que, sobre todo, están presentes las aves acuáticas, como patos y fochas cornudas, e incluso algún flamenco. Estamos cerca del límite con el Parque Nacional de Doñana y la población avícola se multiplica. Precisamente enclavado en el límite del Parque, como una especie de puerta para el viajero, se encuentra el Centro de Visitantes José Antonio Valverde, el principal de varios centros de observación y avistamiento de aves que la Junta de Andalucía mantiene en diversas zonas del parque, desde esta misma marisma hasta las dunas o los pinares.
El observatorio, dedicado a la recepción de visitantes tanto individuales como en grupos, tiene la misión de proporcionar una oportunidad de avistar a las aves y proporcionar información de diverso tipo sobre el entorno, su historia y la fauna y flora locales. La importancia del Centro José Antonio Valverde radica en su situación estratégica, junto al Lucio de las Gangas, una gran laguna natural que una ingente aglomeración de aves de distintas especies -garza blanca, garcilla negra, focha cornuda, flamencos, etc.- usa como lugar de descanso y alimentación en su paso entre Europa y África.
(clic en la imagen para ampliar ma non troppo)








Dicen…